No era tristesa ni melancolía.
Era como recién salida de una laguna
en medio de un otoño frío.
Era como encontrada
perdida en medio de un bosque.
Así era tu mirada.
Más bien, te confundiría
con el mar en las costas del sur,
y el frío resoplido del viento,
con un río naciente en la cordillera,
su frío caudal y su fondo de roca.
El color de tu pelo era variado
como la copa de un árbol en otoño,
revuelto y salvaje.
Tu rostro no mostraba sentimiento,
ni malos, ni buenos.
Tenía tonos rosas y la firmeza de un mármol,
pero tus ojos, eran tus ojos
tus profundos ojos, que clavados
por un instante en mi
liberaron mis miedos,
sin maldad ni bondad.
¡Basta! -Grité por dentro,
y me sofocaba por fuera.
Hubiera hecho lo que fuera por cambiarlos,
sin embargo, de la naturaleza aprendemos
que para llegar a la primavera desde el otoño
hay que pasar el invierno.
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